

Uno de los libros que más me gusta de Carlitos, plantea que los hechos y personajes de la historia se repiten dos veces, “la primera como tragedia y la segunda como farsa”, y esto es algo que se puede observar muy claramente en el personaje nefasto en que terminó la construcción del artificioso y artificial Andrés Felipe Arias. Un personaje tan aciago, que además de sentirse orgulloso de ser el avatar del presidente Uribe, no fue capaz de ganarle la precandidatura a Noemí Sanín, uno de los camaleones mas renombrados de nuestra política, que en el 2002 llamaba paraco a Uribe y ahora resulta ser la principal abanderada de la Seguridad Democrática.
Es tan difícil entender el triunfo de una política que no sabe hacer política, que no construye de manera coherente ni convincente un discurso de un minuto, y que además tiene el agravante de haber saltado de orilla en orilla, sin representar coherentemente ninguna vertiente ideológica. Por estas razones quisiera creer que más que el triunfo de Noemí, lo que se dio fue una derrota de Arias. Es bonito pensar que el electorado colombiano hizo cargar el peso político sobre “el candidato del presidente” de sus incontables escándalos como ministro de agricultura, además de su falta de identidad expresa (afirmó que el apodo que mas le gusta es uribito), su sonrisa cínica y la lambonería vergonzante con exclusivos fines electorales (?). Pero la realidad es que uribito sacó casi la misma cantidad de votos que su (¿) contendora (?!), y eso habla muy mal de nuestro país, pero también habla muy mal que los electores colombianos terminen votando por Noemí Sanín con el único fin de que no gane Arias (confieso que yo llegué a considerarlo, sin embargo no pude votar y además me hubiese dado mucha pena pedir el tarjetón de la consulta conservadora), dando un ejemplo más del fracaso de la democracia representativa.
Las elecciones presidenciales cuentan con opciones muy limitadas, sin embargo va ser interesante ver como se mueve Uribe ahora que fue derrotado (él, no su proyecto político, ese lleva doscientos años intacto), y su evidente desconfianza a la lealtad de Santos. Mejor dicho, como dijo el mismo Marx en el mismo libro (El 18 brumario de Luis Bonaparte), y creo que en la misma página: “la tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Es decir, el futuro de nuestro país suena cada vez más como una canción de Pink Floyd (ovaciones), que como una de las empalagosas de Carlos Vives. Al menos eso tiene de positivo.
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